Opinión

¿Perdonaría usted lo que se considera imperdonable?

“Quedar en paz con alguien que nos hizo daño y pide disculpas puede llegar a ser un arte”.

  Lo único cierto en la vida actual, es que no se debería de preocupar el vivo por la vida pasada o por la vida futura, sino de la vida presente, de afrontar el gran reto de la convivencia, porque siendo cierto o no el mismo universo pondrá siempre desafíos hasta que se  determine que ha superado la existencia plena.

No es para antojarse ahora por estar seguro que de alguna manera fue eximido o indultado, algo así como perdonado, asimismo no haya aun configurado cuál fue su falta, pero que le habilita para que ejerza también la franquicia  de perdonar, desde su órbita personal, a todo aquel que le hubiese ofendido o afrentado. —Tampoco es para admitir estancarse en disquisiciones de filósofo contemplativo, debatiendo si la “técnica” de perdón y olvido, alguna vez propuesta para sanear los conflictos, sea la alternativa al dolor y sufrimiento consecuente de la violencia, cual receta analgésica para todas las víctimas—.

Ya ésta propuesta como ejercicio espontáneo, sencillo y pragmático, que se acometiera a diario contra los habituados conflictos, materializando el acto humano y magnánimo, de indultar y entender que al optar esta determinación, no se está indicando desconocer lo que pasó, al contrario, es aceptar manifiestamente esa situación sin negar el dolor, que causó y hace tanto perjuicio: “como un procedimiento humano, lento, doloroso y que fácilmente retorna al afectado, así se le quiera dejar por fuera de las actividades normales” había sido en manera alguna, la bandera de cierto entendimiento a la razón de la intolerancia y la violencia del humano contra el humano—.

Para justificar el odio irracional en el mundo, es que fueron patrocinadas las acciones del ku klux klan en EEUU, de la Alemania nazi en 1940, en 1990 los sucesos de Bosnia, el genocidio de Ruanda en 1994. Juan Pablo II, estableció una relación con su agresor, el turco Agca, aquel que le propinó cuatro balazos en su cuerpo y que estuvo a punto de concluir en una muerte desconcertante e irrazonada. Ya recuperado, El papa pedía a los fieles, “rezar por mi hermano a quien he perdonado sinceramente”. Y en 1983 se reunió con su atacante en privado, allí donde estaba preso el sicario besó el anillo del Sumo Pontífice con suprema reverencia al terminar la entrevista. Cuando Agca fue aprehendido en la plaza del vaticano, aquel lúgubre día para los católicos, repostó: “para mí el Papa es la encarnación de todo lo capitalista”, pero en abril de 2005, cuando el Papa enfermó, rezó desde la cárcel de Estambul por la mejoría, y cuando el Pontífice murió, Agca se declaró de luto públicamente: “—He perdido al Papa, mi hermano espiritual. Me sumo al duelo del pueblo cristiano católico”.

 Sin embargo, el acto de perdón es observado ahora como un asunto impersonal, cuya connotación y relevancia política, se hace notar en el desarrollo de disímiles procesos de conciliación y pacificación en desiguales escenarios violentos, entre comunidades y países, que buscan salidas negociadas a sus conflictos. Por ello es que todas esas teorías religiosas, realmente se quedarán en la abstracción; —porque el hombre siempre se mantendrá con actitudes menos místicas—, entendiéndose que desde su génesis sobreviene aplicando el criterio que consagra la ley del talión: “ojo por ojo, diente por diente”, para mantener el orden social. —El perdón solo mostraría cierta efectividad, si concurriera con la justicia y viéndolo bien, justicia es venganza—.

Por ventura:

— ¿Cuántos de ustedes han perdonado a sus enemigos?  Preguntó aquel sacerdote en un servicio dominical.

Más de la mitad de la feligresía levantó la mano, pero el cura insistió, hasta que esta vez se vio a todos levantar su brazo, exceptuando a una viejita que se hallaba cerca del bautisterio, muy a la vista del cura inquisidor que le tanteó:

—Señora… ¿no está dispuesta usted a perdonar a sus enemigos?  Y la dulce anciana respondió:

— ¡Es que yo no tengo enemigos…!

Pero el curita preguntón siguió con el rastreo.

— Muy raro no tener enemistados… ¿Cuántos años tiene usted, señora?

— Noventa y nueve. Respondió

La congregación se puso en pie y aplaudió a rabiar, hasta que la dulce viejecita pasó al frente, al lado del altar, y el cura reanuda el cuestionario, buscando la gran lección antes de repartir la “comunión”:

— ¿Cómo es que se llega a los noventa y nueve años sin tener enemigos?

Y la inofensiva y carismática anciana dirigiéndose a la cofradía, en vos alta confesó:

— ¡Porque esos hijueputas se murieron primero!  

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Alfonso Suárez Arias

Alfonso Suárez Arias. Abogado en formación (Fundación Universitaria del Área Andina en Valledupar). Suscrito a la investigación y análisis de problemas sociológicos y jurídicos. Sus escritos pretenden generar crítica y análisis en el lector sobre temas muy habituales relacionados con la dinámica social, el entendimiento del Derecho y la participación del individuo en la Política como condicionamiento para el desarrollo integral.

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